El paso del tiempo no borra secuelas de un dolor fijado en la memoria del cuerpo social.
En tiempos de discursos negacionistas desde el ámbito nacional, Argentina conmemora 50 años del golpe de Estado cívico-militar del 24 de marzo de 1976.
Medio siglo es un tiempo considerable que facilita los accesos a relatos que pretenden relativizar o tergiversar la magnitud del terrorismo de Estado, forzando las huellas catastróficas en un espejo retrovisor con la premisa de “mirar hacia adelante”.
Es ingenuo creer que las cicatrices de la dictadura se limitan a familias de personas desaparecidas, como aquellas que ahora pueden reunirse con pequeños restos hallados en La Perla; las marcas hacen metástasis en la incertidumbre cotidiana de miles de personas a través del desempleo, la inaccesibilidad a salud pública de calidad o la precarización de los vínculos.
La educación es un sostén elemental en el puente intergeneracional que acompaña a las juventudes en la recepción de legados significativos, entre ellos el de Sonia Torres.
Porque ante la inclemencia del paso del tiempo, es importante interrogarse cómo fortalecer las dimensiones que se desprenden de la memoria histórica.
En este escenario, la Universidad Provincial de Córdoba (UPC) impulsa acciones educativas en la reparación histórica. A través de su oferta académica y de sus iniciativas de formación en derechos humanos, la UPC integra a sus programas de estudio la generación de espacios de debate y conciencia crítica.
No es casualidad que a nivel nacional se recorten los presupuestos de la educación pública: las universidades tienen la misión de formar a sus estudiantes en la comprensión del valor de la democracia y la capacidad de hacer una lectura crítica y abundante de interrogantes en el momento histórico y político que viven.
Por ello la UPC, a través de sus diversos programas y propuestas académicas, busca fomentar en su comunidad el sentido de identidad colectiva y la responsabilidad de las acciones cotidianas en el ejido social.
La memoria no puede ser un espacio de disputa, sino una obligación con la verdad y un reto educativo en el legado intergeneracional.